Silencio en la Mirada

Recuerdo tu aroma, corrompido por la brisa y la sal de este mar.


El barco salió anoche. Como otras veces, como todos los veranos que pasamos callados frente a las olas, desde la oxidada barandilla del paseo marítimo. Todas esas noches, a las cuatro menos veinte. El encuentro mudo, atraídos por una fuerza mayor que el enamoramiento o el mero deseo sexual.

Tú disfrazabas el interés con una actitud extremadamente ausente. Hipnotizada te abstraías hacia el horizonte y tu muda mirada se alejaba con él. Tu boca, hubiera jurado, estaba condenada a la oscuridad como tus ojos. Tu respiración: pausada, como si quisieras silenciar hasta el aire que respirabas.

Imaginaba tus manos, blancas a rabiar, aferradas al óxido para calmar las ansias de unirte al agua. Creía intuir el movimiento de tu pelo, al compás de la brisa de la madrugada. La forma de tu labio superior, la largura de tus pestañas, las pecas que el sol había dibujado bajo tu nuca, cerca del hombro izquierdo, quizá.

Anoche salió el barco. Como tantas veces desde hace cuatro años. A las cuatro menos veinte. Llevándose consigo la luz de otro tantos – aunque cada vez menos – que como nosotros pecaron de curiosos, y se convertirán en esclavos del mar, con el único propósito de unirse a él y dejarme solo. Como ya hiciste tú, hace hoy dos años y medio.



*La foto la he sacado de aquí.

"Nunca acierto cuando elijo un número"

Voy a aprovechar que sigo en Logroño y dispongo de Internet para desahogarme. Hacía mucho tiempo que no recurría al blog como válvula de escape para gritar mis mierdas, pero son las cinco menos veinte de la mañana, estoy intentando sin éxito centrarme en un trabajo para clase y, para terminar de rematar la faena, he visto La Fille Sur Le Pont. Seré sincera. Vi esta película hace muchos años, en La 2. Recuerdo que me enamoró perdidamente y se convirtió instantáneamente en mi película preferida. Pero no, no la volví a ver. Hasta hoy. No recuerdo cómo era yo cuando la vi. No recuerdo las emociones, ni en qué nivel me vi reflejada en Adèle, pero hoy me he sentido terriblemente identificada.

Ya no se trata de desengaños amorosos, de desamores, ni de pollas en vinagre. Se trata de que me hagan creer que soy especial, que me digan me gustas demasiado, que decirme te quiero sea tan fácil, y yo me lo crea como una idiota. ¿Cómo puede pasarse tan rápido del te quiero al paso de verte? Del me gustas tanto al he conocido a alguien muy especial.
Así me quedo, atrás, siempre, atrás, detrás de las otras, de ellos, de las mentiras, de los vodkas con lima y los chupitos de pêche o de las continuas noches de insomnio frente a papeles en blanco, canciones que me harto de escuchar, como de mi vida, y los remordimientos por haber sido tan y tan patética alguna noche de estas, intentando en vano fingir que puedo sentir algo cuando lo único que consigo es sexo sin ganas, ni garantías, ni orgasmos. Sólo dolor. Dolor y la vergüenza absoluta por un cuerpo que sigo sin apreciar ni sentir como mío. Pero como Adèle, igual soy incapaz de decir que no porque estoy harta de ser quien espera en la estación.




Os dejo el diálogo inicial de la película, y, si pincháis aquí , podéis ver la escena en cuestión doblada en español.
Vanessa Paradis está estupenda.


- Adelante Adèle, cuéntenos.

- Pues... tengo...


- Tiene 22 años...


- No, los cumpliré dentro de dos
meses.

- Y dejó de estudiar muy joven porque
quería empezar a trabajar. ¿Es así?

- Sí, pero no fue para trabajar, sino
porque conocí a alguien. Me apetecía estar con él, por eso me fui de casa. Prefería vivir con éI que con mis padres, y al conocerle, aproveché... la oportunidad.

- ¿Era una necesidad de libertad?

- No sé. Lo hice para acostarme con él, porque
cuando era más joven creía que la vida empezaba el día que hacías el amor, y que antes no eres nada. Era el primero que me... lo proponía y me marché con él para estar juntos y empezar mi vida. El problema fue que no tuve un buen comienzo.

- ¿No se Ilevaba bien con éI? ¿Por qué no tuvo un buen comienzo?

-
Porque conmigo siempre es así, empieza mal y termina peor. Nunca acierto cuando elijo un número. ¿Ha visto esos papeles en espiral para atraer moscas? Yo soy igual. Atraigo las historias cutres que pasan a mi lado. Creo que hay gente así, que son como un imán para aliviar a los demás. Nunca acierto cuando elijo un número. Todo lo que intento o toco se convierte en una putada.

- ¿Cómo se lo explica, Adèle?

- La mala suerte no se explica... es igual que el oído musical, se tiene o no se tiene.

- ¿Qué pasó con ese chico?


- ¿Con cuál?

- El primero, con el que se fue. ¿Llegaron a hacerlo?

- Sí, lo hicimos.

- Pero le decepcionó.


- No. Y ahí está el problema, porque si no me hubiese gustado, no estaría... donde estoy. La primera vez no estábamos muy cómodos.


- La primera vez nunca es fácil. No estaba cómoda porque ambos eran... muy jóvenes. - No, porque eran los servicios de... una gasolinera y no es muy práctico. ¿Lo ha intentado usted?

- No.

- Es complicado. Sobre todo en las autopistas. Fue idea mía hacer dedo, porque
creía que las historias de amor siempre ocurrían al lado del mar. Estaba equivocada, pero... es normal, porque nunca he tenido buenas ideas. Siempre me pasa igual, enseguida me embalo, no pienso, es un defecto. Menos mal que me recogieron, porque hubiese sido capaz de tirarme debajo de un camión.

- ¿Quién la recogió?

- No se lo puedo decir porque estaba casado, un psicóIogo. Se dio cuenta enseguida de que tenía una "depre" de la leche. Hizo lo que pudo para levantarme la moral. Se desvivió tanto que creí que me había quedado embarazada. Por fortuna, sólo era apendicitis. Por fortuna, por decir algo, porque con el anestesista tampoco tuve mucha suerte.


- ¿Tuvo problemas con él?


- No, era encantador, y parecía tan enamorado que le hubiera seguido hasta el fin del mundo, pero sólo fuimos hasta Limoges. Es curioso, ¿no? Cómo la gente puede parecer colada por ti... cuando no lo está. Debe de ser fácil fingirlo. Me decía que le hacía el mismo efecto que un cointreau. Pero se cansó rápido del cointreau y se fue a llamar por teléfono.

- ¿A quién?


- No lo supe porque desapareció.


- Estábamos en un restaurante, y yo no sabía que había otra salida, y me quedé esperando hasta que cerraron. El dueño vivía encima. Olía un poco a fritura, pero tenía las manos delicadas y suaves.
Las manos engañan, te hacen creer cualquier cosa. Así es como empecé a trabajar. Me contrató de relaciones públicas en su restaurante.

- ¿En qué consistía su trabajo?


- Al principio, tenía que recibir y sonreír a todo el mundo... No me daría un infarto con ese trabajo pero una sonríe y la gente se equivoca, y en Limoges hay tantos hombres que se sienten
solos... Desde fuera no te das cuenta. El juez me dijo que era una de las zonas de Francia con más personas deprimidas.

- ¿Qué juez, Adèle?


- El que se encargó de mi caso cuando cerró el restaurante, por el tema de las relaciones públicas. Él también era depresivo. Pero fue igual, tampoco se ocupó de mí mucho tiempo. Ni 15 minutos. En una habitación de hotel, sin almohada, sin tele, sin cortinas...
Creo que no era mala persona. Al verme los ojos rojos de tanto llorar, me ofreció su pañuelo y se marchó. Quizá no me merezca nada mejor. Debe de estar escrito en algún sitio. Hay gente que ha nacido para ser feliz, y a mí todos los días de mi vida me han engañado. Todo lo que me prometieron me lo creí, pero nunca conseguí nada. No sé hacer nada, no le importo a nadie, no soy feliz, ni realmente desgraciada, porque seguro que lo eres cuando has perdido algo. Pero nunca he tenido nada mío, sólo mi mala suerte.

- ¿Cómo se imagina el futuro, Adèle?

- No lo he pensado. Cuando era pequeña, sólo deseaba crecer. Quería que sucediera deprisa.
Pero ahora no sé para qué ha servido todo esto, no lo sé. Hacerme mayor... El futuro es como una sala de espera, como una gran estación con bancos y corrientes de aire, y tras los cristales gente que pasa corriendo. Sin verme, tienen prisa. Cogen trenes o taxis. Tienen un sitio adonde ir, alguien con quien encontrarse... Y yo me quedo sentada, esperando.

- ¿Qué espera, Adèle?

- Que me ocurra algo.

Seas quien seas te quiero.

Foto extraída de aquí.

Seas quien seas te quiero. Te quiero lo más cerca posible. Me matan las ganas y el insomnio, el silencio, las palabras ajadas de quien dice cualquier tiempo pasado fue mejor. Me imagino tus manos – seas quien seas – curtidas por el dolor y los quehaceres escabrosos. Las arrugas y el vello que el agua de tantos años no ha podido terminar de limpiar. Porque te faltaba yo. La parte de mí que te estrujara desnuda envuelta en sudor. Aferrándose a la inseguridad de tus cimientos para dejarse llevar en esta sensación que me vacila normalmente. Te faltaban mis lágrimas. Todas las que he ido guardando desde que te inventé y que derramaré en nuestro primer encuentro. Las pestañas no tendrán un matiz ácido ni habrá nadie que se pregunte por qué intento sujetarme si no estoy cayendo. A mi lado estarás tú, seas quien seas, aplastando mi caja torácica para curarme el pecho. Alimentándome con tierra, flores y crujientes insectos. Serás tú, quien harto de la vida no te olvidarás de mí tan fácilmente. Harto de mentir sabrás que sólo yo te amaré debidamente. Así, acariciarás mi cara húmeda, dejando con tus yemas en mi faz surcos de tristeza, que se irán como las horas que pasemos juntos, a reposar amontonados con la pasión descamisada que una vez se intuyó en tu pantalón, y los problemas anímicos que los días más fríos te mostrara yo.

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